lunes, 1 de agosto de 2011

Esforzándome para ser mejor, pero oh! Shit!

Yo confieso que soy muy controladora. Absolutamente controladora. Siempre me gusta tener el control de las circunstancias y, a decir verdad, la mayoría de las veces es exitoso, pero sumamente agotador. No terminas disfrutando nada, ni una tinita de helados Efe te la comes con genuino placer si andas en un eterno plan de "y luego vamos para tal lado, y hablo sobre esto, y no hablo sobre lo otro".

El sábado por la noche decidí hacer un experimento ¿Cuál es la manera más sencilla de perder el control de (casi) todas tus capacidades? Emborracharse. Yo confieso también, aquí entre nos, que no tomo nada. O por lo menos no me gusta tomar nada y de inmediato paro cuando estoy "descontrolándome", mareos y acciones estúpidas (Aunque las payasadas las hago sobrias, como Reverón el loco de Macuto. ¿Quieren al loco de Macuto?, tendrán al loco de Macuto. Así me comparan con él).

El plan era sencillo, queríamos cantar en un karaoke y estar lo suficientemente tomados para aun pasando pena, pudiéramos mantener la frente en alto. ¡Y cantamos! Selección propia: "Esto es lo que hay" de Amigos invisibles.

Una locura, mucha gente pa' tan poca canción. Uno, dos, tres... ¡Cuatro personas! Se cayó hasta el micrófono, no pude mostrar mis pasos de baile y canté sólo las primeras líneas porque fui la innovadora aventurera exploradora estilo Magallanes (el explorador, no el equipucho de béisbol). Cuando la ridiculez fue alcanzada con gracia, gracias a mi gracia todo el grupo se animó y me dejaron sin micrófono. La próxima canto sola, ¡caracha!

Y bum! Explotó el tequila y el descontrol vino. En retrospectiva agradezco que mis acompañantes fueron completamente protectores conmigo y que me trajeron hasta la patica de mi casa. Pero hay cosas que deseo borrar de mi mente, como que intenté tocarle el trasero a un desconocido en la caja del McDonalds (ese trasero era grandote y pesado y no se parecía a mí), volverme un desastre con las salsas de tomate, botar un refresco, mojar mis pantalones, gritar en la calle y no recuerdo más infortunados hechos.

Conclusión: Perdí el control y todavía no me gusta perderlo. Más bien olvidemos los extremos y vayamos piano a piano. Lentico. Cambiando poco a poco mi maña controladora. La botella de tequila, dejémosla para diciembre.

Y aquí con la cabeza y el mareo post borracha no es nada divertido dejar de ser controladora.

¡Prepárame un bloody Mary, chico!

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