miércoles, 26 de agosto de 2015

Jóvenes y salvajes, ¿cómo salvarlos de su propia violencia?

Eran las 7:00pm de una noche de agosto en una calle oscura de Bellas Artes. Llevaba unos 10 minutos esperando el taxi colectivo que suelo tomar para llegar a casa. Exactamente 7 personas estaban delante de mí en línea. ¡7 exactos! Los conté. Un niño con una madre muy joven, un par de doñas mayores chachareando, un joven alerta que miraba para todos lados. Precisamente él fue quien avisó cuando se acercaba ese ruido de las cosas al caer (así, como el libro). Una horda de cerca de 40 adolescentes (chicos y chicas) sin camisa y con las caras tapadas se acercaban al son de botellas, piedras, gritos e insultos. ¡Tan jóvenes que algunos ni pelo en el pecho tenían! Perdonen la expresión que la detesto pero unos "¡cagaleches!".

—¡Si nos miran a las caras, los vamos a robar! —, dijo uno de los más altos del grupo. 
Y como si prendiera bombillo en cabeza ajena, otro anunció la gran idea de robarnos: 
—Sí, vamos a robar a todos. Acá mismo, ¡ya! Todos me dan sus cosas. 

Acorralada entre la horda y la pared, en la fila que estaba simplemente no tenía escapatoria.

Sin pensarlo mucho  decidí cometer una locura: Me fui directo al grupo de los violentos. Como un fantasma fui fluyendo dentro de ellos, con una calma que desconozco de donde salió, caminé a través del grupo y me escabullí. Era un helado que chorreaba en el suelo, simplemente sigilosa y casi invisible. 

Al llegar a la acera opuesta miré atrás y ya no había escapatoria. Casi todos los que quedaron atrás fueron golpeados y quedaron sin pertenencias. Vi cómo a un hombre le tomaban su bolsa con  dos panes y se la tiraban al suelo.  
  
Los jóvenes siguieron su camino, siguieron a la Avenida Universidad, muy cerca de la estación del metro de Bellas Artes. A mi lado estaba una señora inmovilizada por el pánico y hablando sola diciendo: "¿Dónde está? ¿Qué se hizo?". La tomé del brazo y le dije: "Ya todo quedó atrás. Tenemos que irnos ya. Tomemos un taxi". Mientras hablaba comenzaron las detonaciones. ¿Disparos? Puede ser. Eran detonaciones, gritos, enfrentamientos. Ya habían llegado a la estación.

La fortuna nos ayudó (otra vez) y la camioneta que sirve de taxi colectivo llegó. Le hice señas para que se detuviera y no fuera a acercarse a la esquina violenta. Luego del bullicio fuimos a la parada, estaban 5 personas. Algunos nuevos y otros que ya estaban en cola. 

Una vecina, que era lo que la señora paralizada buscaba antes, estaba hiperventilando y horrorizada, pero a salvo. Se subieron 5 personas y nos fuimos, entre ellos estaba el señor sin sus panes y tampoco sin botones en su camisa.

Todos hablábamos al mismo tiempo, todos estábamos en shock. ¿Qué pasó? Apuesto a que todavía en la mente de todos nosotros sigue rondando esa pregunta.

Un joven señaló que esos chicos llevan desde la mañana protestando porque al parecer unos policías mataron a uno de su grupo. ¿Qué es esta manifestación tan desbordada de violencia? ¿Qué es este salvajismo primitivo? Casi animal.

Esta nueva generación usa la violencia como su vía de escape, como una manera de drenar su desesperanza, su desasociego, su incertidumbre. ¿Estos jóvenes piensan en un futuro? Si yo a veces me contagio de esta tristeza e impotencia que invade a Venezuela, ¿qué puedo esperar de estos jóvenes que han nacido y crecido con la agresión como estilo de vida?

Salí del taxi y le dije a todos los pasajeros: "Estamos bendecidos, no nos pasó nada",  pero confieso que me quedé con un pesar, ¿Qué pasa con ellos? ¿Qué pasa con nuestros victimarios que no son más que la consecuencia de toda esta supresión drástica en nuestra calidad de vida? ¿Acaso no son ellos el reflejo de la cólera que nos produce la escasez, la polarización, el hampa, la subida del dólar, el hambre, el no poder salir de noche, el metro retrasado, las calles inundadas de agua de lluvia, los apagones de luz?

¿Cómo cada uno de nosotros podemos SALVARLOS de su propia violencia?

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